Todo estaba perdido. Faltaban 42 segundos y el marcador reflejaba un cruel -7. Muchos aficionados ya buscaban las llaves del coche en sus bolsillos. Pero Pumarín es un lugar extraño, donde la lógica a menudo se toma un descanso.

Lo que sucedió a continuación formará parte de las conversaciones de bar durante años. Un triple imposible desde la esquina, una defensa asfixiante que provocó una pérdida en el saque de fondo y, de repente, la caldera empezó a hervir.

"No escuchaba ni mis propios pensamientos. El ruido era algo físico."

La jugada del año

Con el empate en el luminoso y la última posesión, el balón no fue a la estrella. Rotó, circuló, y acabó en manos del junior que apenas había jugado tres minutos. No dudó.

La red ni se movió. El estallido de júbilo fue tal que dicen que se escuchó desde la Plaza de América.

Más allá de la victoria, esa noche Pumarín recuperó algo más valioso que los puntos: la fe en que, en este deporte, nunca está todo dicho hasta que suena la bocina.

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